10 Diciembre 2022

El arte va ahora por otros derroteros

AMADOR FERNÁNDEZ
Tras 42 años viendo evolucionar y crecer el arte asturiano, su galería, Cornión, echa el cierre con 2022 entre la satisfacción por lo hecho y la pena del adiós


MARIFE ANTUÑA
El Comercio

Toca decir adiós. Amador Fernández (Ciaño, 1953), hombre afable, aglutinador de artistas, agitador cultural, librero, montañero, galerista, editor, coleccionista, echa el cierre de Cornión, que abrió 42 años atrás como galería y librería y que en los últimos años se dedicó en exclusiva al arte. Testigo privilegiado de cómo ha ido evolucionando el arte asturiano en el último medio siglo, se va contento y con pena, satisfecho pero triste.

-¿Qué le pasa por la cabeza?

-Tengo el corazón dividido. Como Cornión estuve 42 años, pero yo aquí entré con Atalaya en 1968, y son 55 años en esta zona. Estoy contento por el trabajo realizado, porque cerramos una etapa y lo hacemos bien, pero disgustado porque, de alguna forma, cortas esa relación diaria y amistosa con los que por aquí pasan. Esa es la sensación puñetera que estoy viviendo.

-¿Qué ha habido aquí de ocio y qué de negocio?

-Un negocio como la galería o la librería tienen mucho de cariño y de amor. La razón no es puramente comercial. Yo no vine aquí a ver si hacía más dinero, sino para vivir mi vida rodeado de lo que me gusta: el libro, el arte y la montaña. Por eso volví cuando estaba en Cáceres trabajando en una central nuclear. No me salió mal.

-¿Son artistas o son amigos?

-Son amigos que tenemos en común el amor al arte. Ellos pintando y yo intentando promocionarlos hacíamos un tándem que durante un tiempo funcionó.

-Galerista, marchante. ¿Ese oficio cómo se aprende?

-Cuando yo vine a trabajar con Eduardo Vigil en 1968 a la librería Atalaya, pasaba por aquí gente como Piñole, había una relación con el mundo del arte muy fluida. Incluso Antonio Suárez, Camín y Eduardo hicieron sus pinitos y pintaron juntos. Les conocí a ellos, a Navascués, a Orlando Pelayo, a Aurelio Suárez, y eso a mí me dejó muy marcado, porque era un mundo que me gustaba. Algunos eran bohemios, vivían en París, en Madrid, y a mí, siendo un chavalín que vivía en Contrueces, aquello me enganchó. Me fui a trabajar a una ingeniera en el Parchís, me mandaron a Almaraz, en Cáceres, y, cuando se jubiló Eduardo, me propuso coger Atalaya, me lié la manta a la cabeza y le puse el nombre de Cornión. Basándose en aquella gente, con Camín y Antonio Suárez, que eran unos padres espirituales de este mundillo, metí a Pelayo Ortega, a Fernando Redruello, José Arias, Ramón Prendes, Fresno, Reyes Díaz, y empezamos a hacer un conglomerado importante. Llegaron después Pablo Maojo, Josefina Junco y, últimamente, Javier Victorero, Miguel Galano, Tadanori Yamaguchi... Conformamos un grupo de muy buena gente, de muy buenos artistas, que nos tratamos con mucho cariño y que estamos todos muy a gusto juntos.

-Ha visto crecer todo el arte asturiano del último medio siglo.

-Claro. Hay una cosa curiosa. Melquíades Álvarez y Pelayo Ortega son una generación que es la mía; Piñole, casi la de mis abuelos, pero ellos miraban mucho a Valle y Piñole, como Antonio Suárez y Camín. Son generaciones distintas, pero todos tienen ese mismo mirar. Incluso los que están ahora, gente como Edgar Plans o Fernando Peláez, de 35 y 40 años, también miran hacia ellos.

-O sea, que todos vienen del mismo lugar.

-Hay una evolución, un cambio, pero hay algo en común que los une a todos. En esta galería, habiendo gente muy distinta en los planteamientos artísticos, tienen algo en común.

-¿Siempre hay que estar abierto a todo?

-Claro. Como decía Carantoña, vivimos en la periferia de la periferia, así que, lógicamente, no puedes cerrar ningún paso, porque aquí hay expresionistas abstractos, gente que tiene una figuración clara, pasando por la geometría, pero también ese algo en común.

-¿Cómo ve la salud del arte asturiano?

-En Asturias siempre hubo un nivel de calidad alto entre los plásticos, tanto escultores como pintores, y lo sigue habiendo. Lo que pasa es que ahora el mundo del arte parece que va por otros derroteros, ahora parece que la pintura está marginada o eso se pretendía. Dios quiera que cambie el rumbo y se vuelva a ella. A mí me parece que es fundamental y que se pueden seguir diciendo muchas cosas en ella. Esos años que vivimos en los noventa, principios del siglo XXI, con las instalaciones y ese tipo de tinglados creo que se fueron un poco al garete, parece que se están rechazando y da la sensación de que hicieron bastante daño.

-¿Usted cree?

-La prueba es que países de alrededor nuestro están invitando a artistas a los que les compraron la obra a que la recojan y la lleven a casa porque cuesta mucho trabajo mantenerla.

-Le veo muy crítico.

-Lo soy. Es que este mundo que está aquí [la entrevista se hace en la galería] me emociona. El arte, si no te emociona, para qué.

-¿La tecnología no le emociona?

-Sí. Yo reconozco que hay cosas buenísimas, pero me cuesta mucho más trabajo llegar a ellas, me parece un lenguaje mucho más frío y quizá no tengo la cabeza amueblada a mi edad para entrar en ese mundo. Veo cosas que me gustan, pero no sé si yo sería capaz de defenderlas.

-¿La pincelada es la pincelada?

-Siempre. Y fíjese que en esta casa siempre se defendió mucho a los escultores. Camín, Pablo Maojo, Amancio, y ahora está Tadanori que es un súper escultor. Es verdad que igual no me acerqué mucho a la fotografía y me da pena, pero no sé por qué yo no tengo capacidad para vender fotografía.

-Recuerde cuatro o cinco momentos inolvidables.

-Inolvidable fue cuando por primera vez, en el año 1985, nos aceptan en Arco. Otro fue cuando hicimos los libros de arte con la editorial Urrieles, que tenía un objetivo claro: en ese momento, era muy difícil dar de comer a los artistas y la razón era invitar a un creador a que estuviese un año trabajando para ti y le pagabas. Empezamos con Camín y Santerbas y seguimos con Pelayo Ortega y Carantoña, y con ambos ganamos el premio al libro mejor editado de España y con el de Camín, en Leipzig, la medalla de bronce al libro mejor editado del mundo. Esos son momentos clave.

-Pero habrá más.

-Todos los que tienen que ver con la relación con los artistas. Y para mí es clave haber conocido a Carantoña, como cliente y como amigo, porque nos ayudó muchísimo.

-25 años se cumplen de su muerte.

-No le vamos a olvidar nunca. También son importantes las relaciones con artistas como Eduardo Arroyo o Andrés Rábago, el Roto.

-Pues no estamos tan en la periferia de la periferia si vienen aquí.

-Pero, siendo la periferia, hicimos las cosas con mucha honradez y bien, sin alharacas. Nos respetan y nos quieren porque creen que lo que estamos haciendo está bien y quieren colaborar con nosotros.

-¿Ha cambiado mucho el mercado del arte?

-Sí. Yo creo que ahora mismo el mercado del arte está pasando una situación complicada, sobre todo en provincias. La prueba es que las galerías que quieren funcionar un poco comercialmente tienen que ir como el titiritero, de feria en feria. Aquí no hay mercado.

-¿Por qué no?, ¿por qué antes sí y ahora no?

-Cuando yo entré aquí, mis amigos, que tenían 28 o 30 años, eran coleccionistas a su manera, iban a exposiciones, compraban... Toda es generación, que hoy tiene 70, dejaron de comprar porque tienen la casa abarrotada y se las ceden a los hijos, que no las quieren. Las galerías estamos viviendo un desfile permanente de personas que se quieren deshacer de lo que tienen. A la gente joven ahora esto no le interesa. Es muy difícil ir a una casa de chicos jóvenes y encontrar obras de arte.

-¿Siempre ha habido una mirada elitista respecto al arte?

-Es cierto que, si quieres una obra curiosa, tienes que sacrificar parte de las vacaciones. Esto nunca fue para un obrero básico, en ese sentido se puede decir que es elitista. Siempre estuvo en manos de clase media: abogados, ingenieros, comerciantes, familias con dos profesores con dos sueldos que una vez al año hacían un esfuerzo... Eso había y eso ahora no pasa. Mi hija tiene un grupo de amigos que son ingenieros, gente toda bien situada, pero en su casa no hay ninguna obra. Son íntimos y, cuando van a la suya, les gusta, pero ellos no tienen cuadros.

-¿Cómo ve el futuro entonces?

-Espero que cambie, no por mí, sino por la sociedad en general, pero lo veo feo.

-Conocemos al Amador galerista, montañero, librero. ¿Cómo es el coleccionista?

-No creo ser un coleccionista, porque no tengo ese espíritu, pero, si vas a mi casa, igual me das con algo por decir esto.

-Ya sin verla le digo que esa colección merece ser expuesta.

-Creo que sí. Hay cosas curiosas. El primer cuadro lo tuve con quince años y me lo regaló Antonio Suárez.

-Pues eso es empezar bien una colección.

-Era 1969. Y, desde entonces, me fui a haciendo con cosas. Pasé muchas tardes en casa de Aurelio Suárez, comprando obras. Creo que el coleccionista busca la pieza esa que no tiene nadie y no es mi caso, yo me fui haciendo con cosas que me emocionaban, que me gustaban. Pero es que, además, igual haces una exposición con un artista o le llevas a Arco y no le cobras y te decía: «Quédate con un cuadro». Y a todos, en las primeras exposiciones, siempre les compré para mi casa. Era una forma de decir: «Te garantizo que lo tuyo me gusta». Al final, tengo una colección importante.

-¿Le gustaría exponerla?

-Si tengo la oportunidad, no tendría problema.

-¿Cómo la definía?

-Es el mundo Cornión.

-Imagine que tiene fondos ilimitados. ¿Qué se compra?

-A mí me dejaron emocionado cosas que vi de Picasso, Vermeer, Rothko, Van Gogh, Goya.

-¿Y ahora qué va a hacer?

-Vivir un poco más, sin venir a Cornión, procurar seguir disfrutando de la montaña. Tengo un prao y unos árboles que miro mucho para ellos, y después juntarme con los amigos y seguir viendo exposiciones.